miércoles, 1 de septiembre de 2010

Sectarismo y dogmatismo

El libro Las independencias hispanoamericanas bajo la coordinación del Doctor Marcos Palacios, dos veces rector de la Universidad Nacional de Colombia, fue publicado recientemente. Dentro de este compendio se encuentra el ensayo Nueva Granada entre el orden colonial y el republicano: Lenguajes e imaginarios sociales y políticos escrito por la Doctora Margarita Garrido de la Universidad de Los Andes. Dice ella que Charles Taylor definió “imaginario social” como el modo en que las personas imaginan su existencia social, el tipo de relaciones que mantienen unas con otras, el tipo de cosas que ocurren entre ellas, las expectativas que se cumplen habitualmente y las imágenes e ideas normativas más profundas que subyacen a estas expectativas. Dentro de ese marco de convicciones, la Doctora Garrido señala que: “En la economía cultural de la sociedad colonial el honor era un bien que se heredaba, un privilegio de nacimiento, una garantía de virtud y por tanto, la clave para entender la jerarquía socio-racial y política y también la moral. A las esferas sociales, como a las corporaciones políticas, religiosas o militares, se les atribuían calidades morales positivas o negativas. En el imaginario social, el honor de los notables, criollos o españoles, era un privilegio natural, derivado de su color y nacimiento y correspondía a una superioridad moral que también imaginaban como natural. En ese mismo imaginario y en el marco discursivo común, los mestizos, mulatos y pardos, denominados plebe, pueblo o libres de todos los colores, estaban despojados de honor desde el nacimiento, por no ser blancos, y se presumía su ilegitimidad por ser hijos de mezclas prohibidas. Por tanto, eran considerados como tendientes por naturaleza a los vicios, la inquietud y las pasiones”. Por cuenta de ese extraño imaginario, la distinguida científica menciona que en la época de la colonia fueron numerosísimos los procesos judiciales en los que los vecinos reclamaban derechos con base en su virtud y honorabilidad, y sentían vulnerada su dignidad sí una instancia dirigía una comunicación precedida de “ordeno y mando” en lugar de “ruego y encargo”. Me parece enormemente revelador este punto de vista porque considero que en una parte de nuestra sociedad aún conviven los gérmenes de este dogma colonial, recuerdo con especial consternación como en una oportunidad se le transmitió a uno de los primeros gobernadores de Risaralda la inquietud de un grupo de políticos acerca de la escasa gestión que estaba realizando desde su cargo, fue la época en la cual los alcaldes y gobernadores eran nombrados a “dedo”, el funcionario fuera de sí argumentó que con qué derecho se atrevían a cuestionarlo si él provenía de un tronco familiar de reconocida raigambre social, lo que todos los radioescuchas pudimos concluir de su ridícula prédica es que él no consideraba que estuviera allí para servir a su gobernados sino que el Estado estaba pagándole un favor por cuenta de su buena estrella. En algunas ciudades nuestras aún proliferan estos gérmenes coloniales, lo que resulta harto melancólico para su desarrollo: si usted, por ejemplo, es propietario de una industria tecnológica no pondrá una de sus plantas allí porque tendrá temor de que la promoción de los cargos no se haga por competencias y resultados sino por preferencias y blasones, lo que resultará especialmente lesivo para el progreso de su empresa, sus ejecutivos más dinámicos y su grupo de científicos investigadores muy pronto se marchará donde le sean reconocidos sus logros y méritos académicos, y donde el sectarismo no sea flor de cada día.
El sectarismo cierra las sociedades a la confrontación de las culturas, por eso las sociedades cerradas casi nunca son tecnológicas, son dominios dedicados a la producción de materias primas sin valor agregado, algunas de ellas profundizan sus convicciones primarias hasta la aberración: Los Amish en Norteamérica no utilizan la electricidad y se transportan en carruajes tirados por caballos porque decidieron cerrar las puertas a la civilización. También se han visto casos, aunque raros hoy día, donde las personas prefieren renunciar a un amor verdadero invocando o esclavizándose de supuestos nexos nobiliarios que nadie sabe desde cuándo y por cuenta de quién les fueron concedidos. Y ya para terminar: En una ocasión un grupo de manifestantes que reclamaba algunas prebendas durante un certamen deportivo causó un trancón impresionante que desconcertó a las autoridades, un telenoticiero abordó a un transeúnte de aspecto acomodado para registrar sus impresiones y éste respondió:
“Esta gentecita es tan soberbia que no se quiere dar cuenta de que nació para pobre: se cree gente como uno”. ¡Caramba!, así nos va a resultar muy difícil recomponer el país.

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